
Al caer de la tarde
Tienen las tardes una ensoñación, mezcla de tantas emociones, que el cielo —lleno de envidia, o más bien, queriendo honrar el corazón del hombre— decidió teñirse de fantásticos colores. Para sentarse juntos y esperar el fin del día.
Tienen las tardes una ensoñación, mezcla de tantas emociones, que el cielo —lleno de envidia, o más bien, queriendo honrar el corazón del hombre— decidió teñirse de fantásticos colores. Para sentarse juntos y esperar el fin del día.
Es la tarde, un momento mezcla de júbilo y cansancio, nostalgia y alegría. Es, digamos, un momento crucial.
Para muchos, es el culmen del día: todo ha ido bien, y qué mejor que llegar a casa y encontrar ese calorcito que los antiguos llamaban lar —ese calor, abrigo, comida caliente, sábanas limpias, y sobre todo, ojos, risas, besos y abrazos que te confortan.
A otros no les ha ido tan bien. Ha sido un día de esfuerzo, de cansancio, donde quizá hubo mucha confusión, mucha lucha. Pero todo ha valido la pena: hay un propósito. Y al final del día, hay un respiro —para mañana continuar, dar un paso más. Digamos que es un pequeño logro, con esfuerzo, pero súper valioso.
Habrá otros, para quienes todo ha ido fatal: muchas puertas se cerraron, malas noticias y pérdidas —materiales y emocionales—, planes que no se dieron, fuertes golpes que taladran el alma. Y, al final de cuentas, por lo menos… se acabó este día.
Tal vez esa nostalgia que nos siembran las tardes es porque son un aviso de algo inexorable: todo lo que empieza, termina. Es un recordatorio que tenemos todos los días —una alarma que, día a día, nos recuerda la fugacidad del tiempo.
La fugacidad del tiempo realza, precisamente, el valor del momento. Ya lo decían los viejos: el tiempo es oro. Y hoy decimos: el tiempo es vida.
Más que esa nostalgia del agua que se va entre los dedos, o del tiempo perdido, son estos momentos una oportunidad para detenerse. Para respirar hondo.
Para reconocer —aunque duela— que todo lo que empieza termina… pero no todo lo que termina, muere.
Algunas cosas se van… para dejar espacio. Dejan un vacío que, más tarde, será llenado por algo más valioso. Así no lo sepas.
Algunas puertas se cierran… para que otras puedan abrirse.
El cansancio no es fracaso… es semilla.
La pérdida no es final… es transformación.
Y la tarde decidió pintarse para decirte: después de la noche, viene el día.
Y que, a pesar de todo:
Aún respiras.
Aún sientes.
Aún esperas —aunque sea en silencio, aunque sea sin nombre.
Aún hay belleza.
Aún hay luz.
Aún hay mañana.
Y tú… tú estás aquí para recibirlo.
¿Qué te susurra la tarde hoy?
Cuéntamelo abajo —o guárdalo en silencio.
Ambos valen. Ambos sanan.

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