
Corredor estrecho
Como si tuviera vida propia, aquel estrecho corredor lo estaba apretando tanto que, poco a poco, perdía su propio movimiento.
Un sentimiento lívido, trémulo y frío se apoderó de él, y petrificado comprendió que todo era un sueño —una cruel pesadilla, como tantas otras donde no podía moverse.
Era miedo físico.
Adrenalina que inundaba su ser y drenaba su conciencia.
Tal vez no era un corredor, una vía que lo llevaría a alguna parte.
Tal vez solo eran los anillos de una serpiente que lo sofocaban.
Saber que no podía moverse era aterrador.
Una extraña sensación de impotencia lo perturbaba, y se asociaba, de la manera más profunda, al miedo de no ser.
Todos sus músculos se tensaban.
Sentía el peso de mil toneladas en cada centímetro de su piel.
Miraba cómo el corredor se hacía más estrecho y quería gritar, pedir auxilio…
pero su voz no respondía.
Se atoraba en la garganta y solo mascullaba sonidos ininteligibles.
Descubrió lo que siempre había temido:
Estaba solo. Y nadie vendría a socorrerlo.
Sabía que esto no podía ser real…
pero, de igual manera, estaba inerme.
El muro era sólido y frío, y se pegaba a él tan profundamente como si lo estuviera devorando —paciente y cruentamente—,
como si su propia esencia fuera destilada y sorbida por esa densidad abrumadora.
¿Ese era su destino?
¿Ser devorado por el sitio donde quería pasar?
¿Qué extraño portal era este?
¿Y qué tan importante era su destino para que hubiera tanto obstáculo?
Corredor estrecho… corredor estrecho…
Pensó en un instante de lucidez:
Ya había pasado por esto antes.
Y qué doloroso fue:
contracciones, gemidos, resuellos…
un lazo apretando su garganta.
Se ahogaba, perdía el aliento.
Todo su cuerpo era expulsado por contracciones rítmicas, a veces violentas.
Sentía que moría.
Su pecho se sumía, se apretaba.
Y esa sensación en el estómago…
ese vacío lleno de angustia…
Intentó liberarse, hundiendo sus manos en él.
Podría atravesarlo y salir volando, acabar con aquel mal momento.
Pero no hubo respuesta.
La única respuesta posible era no escapar.
No huir, como tantas veces.
Solo vivir ese momento, tal cual:
con toda su intensidad,
con todo ese pavor,
con toda esa abrumadora soledad.
Tocó de nuevo la pared,
soltando toda resistencia,
experimentando aquel instante sin defensas.
Y… oh, milagro…
todo se desvaneció.
Era solo miedo.
Su propio miedo.
Pudo abrir los ojos
y tocar de nuevo la fría pared de su cuarto,
que le recordó:
Si tienes miedo… es porque todavía estás vivo.
Y eso…
eso era algo aún más excitante.

¿Has sentido ese miedo que te paraliza, que te dice “no puedes”?
¿Lo has atravesado… o has vuelto a huir?
No necesitas responder.
Solo quédate con la pregunta.
Porque mientras la sientas…
todavía estás vivo.
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