🌿 Introducción
Hay días en que la palabra se niega,
y el silencio parece escribirnos por dentro.
Pero incluso en el cansancio, algo insiste en decir,
en recordar que todavía somos.
De eso trata este texto:
de la belleza que a veces duele,
y del impulso de escribir aunque duela —
porque callar sería rendirse.
No escribir era rendirse, era dejar que el destino o alguna invisible mano escribiera su propia vida, o, más bien, que la rutina aletargara lo que bullía en su corazón. Por eso, a pesar de su cansancio, de que su cuerpo le dolía y de que su esperanza no alumbrara como en tiempos idos, empezó a dejar que las palabras vinieran sin prevenciones. Y así comenzó a decir o a escribir, no buscando elocuencia ni agradar, sino una temblorosa manera de existir. Queriendo, con palabras, anclar su existencia en los resbaladizos muros de la nada.
Ni siquiera como esa araña del poeta que
“para explorar el vasto
espacio vacío circundante,
lanzaba, uno tras otro, filamentos,
filamentos, filamentos de sí misma.”
(Walt Whitman)
Solo quería que sus palabras le recordaran quién era o, por lo menos, dónde estaba.
Nunca había pensado que la belleza podía doler, y fue hasta esa tarde, cuando fulgurantes rayos se refractaron en los cristales del Gherkin (El Pepinillo), que sintió que no solo la tarde moría. Aquella vista hermosa, de colores opacos y brillantes, transmitía sordamente una mezcla de dolor y ternura. Nuevas emociones, o más bien nuevos tonos de emociones tan antiguas como el hombre —como decían los viejos, “más viejas que la moda de andar a pie”— tintinearon en los recodos de su alma.
Había terminado sus labores y, en camino a casa, pudo contemplar que todo el paisaje se había confabulado de la misma forma: árboles teñidos de rojo, violáceos y morados parecían embrujados, encantados o sumisos ante ese hado, el hado de una tarde de otoño. Decidió llevar el otoño a su corazón. Y él, en un momento de emoción, dejó de resistirse; lentamente sintió que también él era otoño y que, igual que la tarde, se moría.
Y fue aquello una cognición: que si a veces la belleza duele, es sencillamente porque no nos rendimos a ella.
Es verdad que la belleza a veces duele —como la risa encantadora de aquella que nunca fue suya, o como su voz, que lo erizaba y lo hacía sentir tan vivo; como esos ríos de pasiones que lo ahogaron, o tormentas tan densas de arena y de celos.
Cómo duele la belleza cuando queremos poseerla, cuando, ciegos, nos rendimos a su encanto e ignoramos que es ella quien nos posee; pues, como dice aquel libro:
“Porque en ella somos, nos movemos y existimos.”
(Hechos 17:28)
Foto: atardecer en Londres. Imagen de Unsplash (licencia gratuita).

Deja un comentario