Hoy estoy cansado, como tantas otras veces. Pero, a diferencia de esas ocasiones, decidí escribir.
Muchas veces he tenido cogniciones o certezas tan profundas, experiencias reveladoras —tal vez satori, como le llaman algunos— y, al terminar el día, no las he escrito. Quedan entonces como experiencias hermosas, pero también como recuerdos que pueden perderse en el olvido.
Hoy, quizá más cansado y con la mente más llena de preocupaciones que de costumbre, decidí hacerlo. Porque gracias a una sencilla conversación por Messenger, algo me sorprendió y me emocionó de tal manera que me dije: debo escribirlo.
Alguien me decía: “Mi paz y mi tranquilidad ya no son negociables”.
Y esa afirmación me dejó pensativo. Refleja una madurez increíble, una comprensión de la vida que no suele alcanzarse sin haber recorrido un largo camino.
Antes me había dicho, haciendo alusión a uno de los videos que publiqué en TikTok: “Yo soy esa persona”. Aquellas palabras ya me habían dejado pensando. Pero lo que realmente me estremeció fue escuchar:
“Nunca dejes de escribir, de contarle al mundo lo hermosa que es la vida”.
Entonces comprendí algo que, en el fondo, ya sabía. Comprendí y reafirmé ese canto que hay en mi corazón; esa voz que no se equivoca y que me dice una y otra vez: sigue adelante. Sigue adelante. No importa el cansancio. No importan las limitaciones. Ni siquiera tu propia oscuridad. Solo debes dar un paso más.
Y recordé unas palabras que escribí hace más de treinta años, cuando terminaba mis estudios filosóficos:
“Ven que el camino es largo,
los pies están cansados
y el polvo cubre el rostro.
Ven que amanece la luz,
y es hermosa la luz
cuando estamos en camino”.
Quizá por eso decidí escribir esta noche.
Porque algunas conversaciones llegan para recordarnos quiénes somos.
Y porque, aun cuando el cansancio pesa, hay voces que nos ayudan a seguir caminando.

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